LA ULTIMA ESTACION

Llueve ... a lo lejos el ulular de una sirena rompe la monotonía de las gotas que caen impasibles, ajenas a todo que no sea su inveterada misión, la de hacerme soñar con lugares lejanos

Quisiera emprender un viaje sin equipaje, nada de lo que pudiera llevar sería imprescindible, sólo pondría en mi maleta un boleto de ida y los versos de una vieja canción.
No miraría hacia atrás, me dejaría llevar por el capricho de los vientos, como esas pequeñas pelusas de los cardos que van y vienen al antojo de la brisa. Debe haber en el mundo un lugar donde llegar, un lugar que sea la última estación.

La vida se compone de “estaciones”, la estación de la niñez está llena de trenes de colores, juegos e inocencia que parten raudos en rieles brillantes hacia la próxima, donde esperan los sueños, las ilusiones y esperanzas. A veces, el tren sube empinadas cuestas, otras, se desliza veloz entre valles frescos y floridos.

En cada parada, furtivamente, baja uno de sus pasajeros, así fueron quedando en el camino las ilusiones, los sueños y esperanzas han pagado su boleto con mucho sacrificio, y se resisten a abandonar el tren. Seguirán acompañando al cansado maquinista, dándole fuerzas para llegar a la última estación.
Tal vez... allí no haya nada, o quizás encuentren la olla de oro del final del arco iris, eso sólo lo sabrán cuando lleguen

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